· María Luisa en español.


Introducción:

El siguiente relato trata sobre María Luisa, una chica con la que yo tuve una relación de noviazgo durante solamente unos meses. El relato aquí presentado es sacado de la realidad, es simplemente una realidad desnuda. Sí, una realidad desnuda basada en esa horrible realidad social, económica y cultural que se vive en ese país llamado El Salvador, ahí donde cada hogar es convertido en un burdel católico por una supuesta santísima madre.

Claro que al relato se le ha agregado un poco de fantasía. Porque… ¿qué es un cuento sin fantasía? Un cuento sin fantasía se convierte en una tesis sobre historia. No es eso lo que yo me propongo. Así que éste cuento también tiene un poquito de fantasía.

María Luisa era una muchacha mentalmente muy deformada y distorsionada al igual que miles de muchachas que se inscriben en la Universidad de El Salvador (U). Ella era católica, por supuesto. No es para estudiar que esas muchachas católicas se inscriben en la U, algo que no les interesa en lo mínimo. No. Esas miles de muchachas van a la U a conseguir un futuro marido que las va a mantener, las va a coger (follar, fornicar, copular, culear, joder) y las va a convertir en señoras decentes y santas de hogar. Así, van ellas a poder dedicar su vida a lo único para lo que ellas fueron ”educadas” en el catolicismo, o sea, coger y parasitar. Eso en total y absoluto acuerdo con su moral católica, o sea, muy ”decentemente”. Para empezar casándose por la iglesia, cosa que simplemente es el acto de llevar su prostitución al altar. Prostitución muy ”decente” por supuesto, pero prostitución de todas maneras. Pero también hay que recordar que el matrimonio eclesiástico es el instrumento de la iglesia católica para legitimar esa prostitución ”decente” como parte de reafirmar y promocionar la compra-venta de carne humana como uno de los pilares fundamentales de la así llamada ”moral” del catolicismo. Esas miles de muchachas se registran en la universidad y ya antes de presentarse a su primera clase se han ellas decidido a fracasar, a desertar, a abandonar sus estudios, ya que cuando ellas consigan al hombre que las va a mantener, se van ellas a ir a parasitar a sus nuevos hogares. Es precisamente el caso de mi hermana mayor por ejemplo. El costo económico para la sociedad es altísimo pues un ciclo lectivo por alumno cuesta miles y miles de dólares. Sin embargo no es solamente el costo económico lo que es muy alto, sino también los costos sociales. Lo que significa invertir en personas que de antemano se han decidido a fracasar es horrible puesto que ellas tiran a la basura una oportunidad que solamente una pequeñísima parte de la población salvadoreña tiene acceso. Cada una de ellas ocupa una plaza que podría ser ocupada por otra persona con interés en superarse. Pero eso es algo que a ellas les importa un comino. Es, por supuesto, la ”moral” del catolicismo, o sea, coger, parasitar, robar y matar.

El caso de María Luisa no es único. Muy lejos de eso. Ella es un caso muy típico en esa sociedad podrida de ese país podrido que se llama El Salvador, ahí donde la empatía es algo absolutamente inexistente, gracias sobre todo al catolicismo. Eso hace que ese país mierda nunca progrese. Tanto que se habla de el ”imperialismo” como causa del atraso que se vive ahí, sólo para constatar que son la gente misma de esos países quienes impiden el desarrollo.

La violencia en la sociedad salvadoreña por otro lado, no viene ni de la nada, ni del cielo, ni del infierno, ni de los dioses, ni de los demonios. Todas esas maras y agrupaciones delictivas provienen de esa cultura de religión, prostitución y de violencia que existe en los hogares salvadoreños. Hogares donde las mujeres no toleran maridos que no sea violentos; hogares donde las santas madres católicas educan a sus ”adorables” hijos a no menos que escuadroneros de la muerte, mierdas, hijos de puta, cabrones, mareros. Hogares donde las parasitarias madres en su rol de señoras muy decentes y santas, ejercen violencia sin límite contra sus propios hijos como parte de la ”educación” católica. Ahí están las raíces de toda esa violencia. Todo eso, por supuesto, con la bendición de la santa iglesia católica, apostólica y romana cuyos sacerdotes no se casan porque son perversos, sucios de la mente, obscenos, lascivos, lujuriosos, pornográficos, pedófilos. Pero es que todo eso es claro pues catolicismo, violencia y abuso sexual son como pandilleros que siempre van juntos. No es nada extraño, entonces, que fueran católicos los que cometieron el terrible GENOCIDIO en Rwanda en 1994, donde alrededor de un millón de personas fueron ejecutadas sin piedad, incluidos niños, ancianos, mujeres y hombres, todos desarmados y totalmente indefensos. Todo esto con la bendición explícita del papa en Roma de ese entonces, por supuesto. Se trata de lo que los criminales cristianos en contra del aborto cínicamente llaman ”defensa de la vida”. Se trata nada menos que de la verdadera ”moralidad” cristiana…

Okay. Yo vivo en Suecia ahora y no tengo la mínima intención de regresar a esa mierda de país católico. Ni si quiera de paseo…

Ricardo Alfredo Guillén Herrera (chicayo@hotmail.com)


La historia que ustedes, queridos señores, señoras, señoritas (decentes e indecentes) y señoronas, etc., van a leer a continuación es, ni mas ni menos, una historia verdadera. Ningún hecho ha sido cambiado. Cualquier parecido con nombres de personas, animales brutos e irracionales, animales inteligentes, cosas, chunches, trastos, tiliches, pitoretas, mierdas, situaciones o lugares, etc, no es ninguna coincidencia ni casualidad, por lo contrario, es una total, absoluta y bruta realidad.

La historia se sucede en El Salvador, ese burdel de viejas iglesieras, de curas católicos, de miseria moral, de miseria material y de violencias. La historia se sucede en esa cloaca donde matar, robar, violar, etc, es lo mas natural en la vida cotidiana. Todo eso con la venia y la bendición del señor todopoderoso que con todo su poder no hace nada para cambiar las cosas. Mas parece gozar con todo eso. Psicópata que es el dios católico. Faltaba mas!

Esta historia se da en el año de 1972 cuando yo, Ricardo, Chicayo, Panzota o como vuestras mercedes gusten llamarme, de 24 años de edad en ese entonces, era estudiante de la carrera de física en la Universidad de El Salvador en un tiempo de efervescencia estudiantil donde muchos de nosotros, estudiantes, salíamos a las calles a protestar por lo uno y por lo otro, contra lo feo y lo malo, contra la iglesia, sus curas, sus viejas beatas y sus dioses, contra las injusticias sociales, contra la miseria del pueblo, etc, etc. Fueron tiempos maravillosos, impregnados de la alegría típica de los jóvenes que, como nosotros, queríamos cambiar el mundo a tal punto de que queríamos ponerlo patas arriba… soñadores que eramos… si, soñadores, porque el mundo es redondo y no tiene patas…

La historia que aquí voy a relatar se da en el contexto descrito en los párrafos anteriores, pero la historia se refiere a mi vida personal en relación a lo que me sucedió en esos días donde la religión y la divinidad de las dulces y prostituidas madres tan santas, amorosas, celestiales y encantadoras, tiene mucho que ver.

Yo vivía todavía en casa de mis padres pues yo no había tenido los medios de mantenerme a mi mismo. Fue en abril de 1972 que yo obtuve empleo como instructor de la asignatura de física en la Escuela de Física de la universidad y por supuesto que desde el mismo momento que yo empecé a ganar mi propio dinero, me propuse yo dejar el hogar paterno. Pero cómodo que yo era, pero además porque no tenía tiempo de buscar apartamento debido a que tenía que meterle duro a mis estudios y a mi trabajo, demoré algún tiempo con esa cuestión.

Hay que decir que las escuelas de física, de biología, de química y de matemáticas, pertenecían todas a lo que en ese tiempo se llamaba pomposamente Facultad de Ciencias y Humanidades. Concretamente, los edificios de las escuelas de biología y de física estaban situados muy cerca el uno del otro, de manera que nosotros los estudiantes de física, que en mayoría eramos muchachos, habíamos desarrollado una estrecha relación con los estudiantes de biología, que en mayoría eran muchachas.

En mayo de ese mismo año, atarantado que yo era, me metí yo de novio de una señorita (prostitutita) decente que estudiaba biología llamada María Luisa (nombre real, por supuesto). La muchacha en cuestión era atractiva. Como sea, la cara de ella y el resto de su cuerpo, me encendían al punto que me ponían cabeza abajo o patas arriba, como sus mercedes gusten… para que digo que no, si sí. María Luisa era también muy religiosa. Ella pertenecía a una de las tantas sectas católicas o quizás evangelistas que, como prueba de que la religión y los dioses son buen negocio, pululan en todo el mundo. La secta se autodenominaba… ¿Qué diablos se yo? A mi que me registren. A mi en realidad, me salía sobrando eso de la religión. Yo sabía perfectamente que no había (ni hay) nada en este mundo que pudiera influir lo suficiente en mi como para que yo me convierta en esclavo de los señores de allá arriba que están sentados en las nubes sin hacer nada constructivo mas que rascarse los huevos y que, dicho sea de paso, no se acuerdan de mirar hacia abajo. Tan amorosos que son…

La cosa es que con los días que iban pasando iba yo descubriendo para mi disgusto que María Luisa era precisamente lo dicho, una prostitutita decente. O sea, un parásito sin oficio ni beneficio quien todo lo que ofrece es ser virgen de sus órganos sexuales, como que si eso fuera importante. Yo empecé a notar que ella usaba los mismos mecanismos para manipular a su favor que mi, según ella misma, santa, dulce, encantadora y nunca bien ponderada madre. Demás está explicar aquí que yo, ya para ese tiempo, odiaba a la prostituida y parasitaria de mi sacrosanta madre. Si, sacrosanta según la religión caótica, digo católica.

Yo tenía vehículo y mis amigos y yo empezamos a notar algo que al principio nos pareció curioso: María Luisa esperaba pacientemente durante horas, por la tarde hasta el final de mi día laboral, a que yo llegara a mi carro para irse con migo ya sea a su casa o si no a alguna otra parte. Uno de mis amigos expresó una vez: ”…esa niña está verdaderamente enculada de usted, maestro…”

Pero yo no era precisamente de la misma opinión. En realidad veía yo eso como una forma de chantaje porque era una forma de hacer que yo me pusiera tenso y me apresurara a terminar mi día de trabajo lo mas pronto posible. Pero de todas maneras me preguntaba yo el por qué de que ella perdiera tanto tiempo siendo que, como estudiante universitario, necesitaba uno aprovechar hasta el último segundo para prepararse porque de otro modo no había manera de salir bien con las tareas y los exámenes. La verdad es que un día le pregunté yo a María Luisa la causa de tanta pérdida de tiempo. Ella respondió que era por amor y que ella además leía sus libros durante el tiempo que me esperaba. Sin embargo no fue esa una respuesta que en verdad respondiera a mis dudas. Yo ya había observado que cuando yo me iba acercando al lugar de aparcar de la Facultad, no daba ella muestras de que estuviera ocupada. Ella se encontraba simplemente ahí, esperándome nada mas.

Llámenme mal pensado si sus mercedes así lo desean, pero yo quería saber qué había de realidad detrás del todo ese comportamiento. Desde una de las ventanas del segundo piso del edificio de física podía yo ver mi vehículo y yo aproveché esa posibilidad para observar a María Luisa sin que ella se diera cuenta. Mi disgusto fue enorme cuando yo vi claramente que ella no hacía nada durante las horas que ella se tomaba esperándome. Ella estaba ahí, de pie simplemente, sin hacer nada. Como yo comentara ésto con uno de mis mejores amigos, concluyó él mas o menos lo mismo como antes: ”…esa niña está verdaderamente enculada de usted, maestro, entiéndalo…”. Pero yo, de nuevo, no tenía la misma opinión. Yo no quería ni podía entenderlo así.

Hueveta, vergueta y cuereta de chancleta dijo el cura Argueta… en éstos tiempos ya no hay putas de a peseta… Ésto no va conmigo, pensé yo. Yo le expresé a María Luisa que si ella quería esperarme y estudiar a la vez con tranquilidad, podría ella hacerlo en la Biblioteca Central de la Universidad; yo iría ahí al final del día para luego tomar camino juntos. Yo le expliqué ademas, que lo que ella hacia me causaba tensión, eso que en inglés se le llama ”stress”. Pero ella se negó de todas maneras a aceptar la solución de estudiar en la biblioteca con el pretexto de que entonces podría yo ”escaparme”, para usar sus propias palabras, con otras mujeres. De manera que ella insistió en que ella leería sus libros durante el tiempo que me esperaba al mismo tiempo de que se aseguraba de que yo no la dejara ”plantada” en la biblioteca. Pero como yo le expresara, además, de que yo la observaba desde una de las ventanas del edificio de física y que yo veía de que ella no hacía nada durante la espera, se defendió ella como gato panza arriba, diciendo de que había veces que ella estaba muy cansada y que esas veces no hacía ella nada. Yo le insistí, de todas maneras, de que yo la había observado durante bastantes días seguidos, por lo menos tres semanas, y que sin embargo, no había ella tocado un solo libro durante ese tiempo y que además, si ella estaba cansada, era mas aburrido y cansado esperar horas y horas sin hacer nada, peor de pie, como ella lo hacía. Yo le expresé, entonces, que sus respuestas no me daban satisfacción alguna y que yo quería claras, concretas y precisas explicaciones. Pero ella, al igual que mi, según ella misma, santísima y nunca suficientemente admirada, venerada y santificada prostituida progenitora, utilizó el mecanismo de mostrarse irritada expresando:

– ¡Ay no…! ¡Ay no…! ¡Qué molestás…! ¡Si yo fuera una puta y anduviera con otros hombres, no dirías nada…! ¡Vos estás haciendo una tormenta en un vaso de agua…!

– La verdadera tormenta la vas a tener -le dije yo- a la hora de tus exámenes… y no va a ser en un vaso de agua…

Ingenuo y virgen del cerebro que era yo en ese momento, no me daba cuenta que a María Luisa le importaba muy poco tener alguna tormenta a la hora de sus exámenes. A María Luisa le preocupaba muy poco eso. Su preocupación era, en verdad, asegurarse de tener control sobre mi persona. En sus cuentas era yo quien la iba a mantener, así que interés en sus estudios no tenía ella.

Mi mamá fue para mi una excelente maestra que me enseñó con desfachatez y con cinismo, cómo las santísimas prostitutas decentes son capaces de hacer cualquier cosa con tal de poder dedicar sus vidas a parasitar. Yo ya había, muchas veces, visto a mi mamá reaccionar de la misma manera manipulando descaradamente, distorsionando, poniendo patas arriba y retorciendo hechos, palabras e información para eludir responsabilidades. De manera que ésta última actitud de María Luisa me dio a mi la certeza de que no era estudiar lo que ella hacía en la universidad. Esa era una actitud típica de parásito, algo que ella tenía que justificar de cualquier manera. Respuestas concretas a situaciones concretas nunca salen de la boca de una prostitutita decente. Con mostrar irritación e impedir de esa manera la aclaración de un asunto, lo arreglan todo. Yo llegué a la conclusión, entonces, de que María Luisa padecía del mismo síndrome de mi mamá, es decir, parasitismo y prostitución católica en grado sumo. Yo entendí que, en realidad, era María Luisa solamente un caso mas de entre los miles de prostitutitas decentes que llegan a la universidad no a estudiar, sino a ”pescar”, para usar las propias palabras de ellas, un marido, un profesional o futuro profesional que las va a mantener, las va a coger y les va a dar presentación social. Eso explicaba el por qué de que María Luisa consideraba muy importante el impedir que yo pudiera ”escaparme con otras mujeres”. Ella ya me había ”pescado”, necesitaba controlarme y no pensaba ”soltarme”.

Para todo esto habían ido los meses pasando y ya habíamos llegado a finales de septiembre del mismo año. Yo me decidí entonces a romper mis relaciones con María Luisa. Así, los primeros días de octubre, cuando ella como de costumbre se encontraba en el lugar de aparcar de la facultad esperando por mi, le comuniqué a ella mi decisión de que desde ese momento en adelante ya no seríamos novios.

En los primeros segundos reaccionó María Luisa con un gesto de de desprecio hacia mi persona. Ella sonrió en una forma curiosa e hizo un gesto con sus manos donde ella mostraba que lo dicho por mi no valía nada para ella, que lo dicho no tenía ninguna importancia. Eso duró unos segundos, pero luego palideció y reaccionó ella muy, pero muy fuertemente y se echó a llorar a grito pelado como que si la estaban degollando o como que si le estaban retorciendo el pescuezo. Pero gracias a la magnifica maestra que yo tenía en mi mamá a quien yo había visto en repetidas ocasiones hacer escenas semejantes, pude yo comprender que el llanto a gritos de María Luisa no era mas que una escena para ponerme a mi en una situación penosa e incómoda frente a los transeúntes que ocasionalmente pasaban por ahí, con el agravante de que esos transeúntes eran en su mayoría personas que me conocían. El chantaje social es por supuesto una de las mas poderosas herramientas de control y sometimiento de las prostitutitas y prostitutonas decentes.

Yo opté entonces por no reaccionar al llanto de María Luisa y me dediqué a esperar pacientemente a que ella se calmara. Pero por supuesto que ella no tenía pensado calmarse hasta lograr que yo retrocediera. Ella dio claras muestras de que lo único que la podría calmar era que yo ”rectificara” lo dicho y, por ende, siguiéramos siendo novios. Las prostitutitas decentes no tienen límites. Ellas manipulan una relación hasta los límites mas exagerados, no importa el precio que cueste o las tragedias que eso puedan conllevar y que de hecho conllevan. Ellas no van a permitir la disolución de una relación así, solo porque si. María Luisa lloró durante un muy largo tiempo, por lo menos durante 40 minutos; pero yo sabía que algún día tendría ella que terminar de llorar, de manera que yo me tomé la paciencia de esperar. Al fin terminó ella de llorar y entonces le ofrecí yo llevarla a su casa en mi carro. Así hicimos y cuando llegamos frente a su casa rompió a llorar de nuevo aún cuando todavía nos encontrábamos dentro del vehículo. Ella aprovechó el hecho de que El Salvador es un país muy cálido, de manera que uno viaja en carro con las ventanas abiertas y, puesto que María Luisa lloraba de nuevo como alma en pena, comprendí yo que ella trataba de llamar la atención de sus padres de manera que yo me viera presionado a ”calmarla” prometiendo a ella regresar a la situación de antes, o sea, no romper nuestras relaciones. Pero yo actué rápido, arranqué de nuevo el vehículo y lo moví unos 100 metros lejos de la casa de ella. Ella comprendió mi maniobra, terminó de llorar de inmediato y dirigió su mirada hacia mí con una expresión de sorpresa en la cara. Yo le dije entonces:

– ¿Qué creíste …? Es mejor que te bajes de mi carro y que te dirijas a tu casa…

Ella parecía estar anonadada. La sorpresa de mi maniobra no era algo que ella se había imaginado, aún considerando lo astutas que son las putitas decentes. María Luisa no se bajó del carro en ese momento sino que siguió sentada sin decir ni hacer ningún ruido, negándose a aceptar la realidad, pero quizás preguntándose también qué maniobra podría ahora ella poner en práctica. Entonces decidí yo tomar de nuevo toda la paciencia que fuera necesaria y esperar hasta que ella se bajara por propia iniciativa. Pasaron entonces unos minutos durante los cuales nos mantuvimos en silencio, pero al cabo de ese tiempo dijo ella:

– ¿No me vas a ir a dejar a mi casa…?

– Ya estamos cerca de tu casa y vos puedes irte por vos misma desde aquí… -respondí yo y le pregunté sarcásticamente: ¿Ya no te funcionan los pies?

– Alguna explicación tendrías que darle a mis papás… ¿no creés…?

– No, no lo creo. ¿Por qué? Yo no les pedí permiso para comenzar a ser tu novio y no tengo ni el menor pensamiento de pedirles permiso para terminar de serlo… Vos sos por supuesto mujer ya adulta y las explicaciones puedes dárselas vos misma de la misma manera que vos les explicaste cuando vos y yo empezamos…

– Yo creí que vos eras un caballero…

– No soy ni caballero ni tonto y es una buena razón para vos de explicar el por qué vos y yo ya no seguimos con ésta relación…

– Qué vulgar y que patán que sos…

– Dime con quien andas y te diré quien eres…

María Luisa salió entonces del carro, cerró dando un portazo y se fue para su casa.

Y colorín colorado, éste cuento se ha terminado… ¿Terminado…? ¡Alabado sea el señor…! ¡Ésta historia apenas comienza!

Si, querido lector, si su merced cree que una señorita decente se va a dar por derrotada en el negocio de su prostitución así por así, está usted muy, pero muy equivocado. A lo mejor no es usted de éste planeta. Yo mismo, en el estado de virginidad mental que me encontraba en esos momentos en que María Luisa abandonó mi carro, creí que todo estaba ya terminado. Pero que demonios…

Lo primero que descubrí a solo unos segundos de que María Luisa y yo nos separáramos fue que ella dejó ”olvidada” una pequeña pequeña caja de cartón color blanco en mi carro. Pero todavía, en mi virginidad mental, pensé yo de que yo solo iba a necesitar devolverle a ella la tal pequeña caja el día siguiente y punto. Si, mas bien puntos suspensivos, porque la tal devolución de la pequeña caja se convirtió en otra escena de llantos y manipuleos de parte de ella…

Algo que me pareció curioso el día siguiente fue que, durante todo el día y en por lo menos cinco ocasiones, había yo tratado de localizar a María Luisa en la escuela de biología para devolverle la mentada pequeña caja blanca, pero no hubo manera de dar con ella. Ni siquiera los compañeros de estudio de ella daban fe de haberla visto. Andar buscando a María Luisa no era algo que yo acostumbrara y ahora que lo hacía me percataba de que ella, en realidad, no tenía costumbre de encontrarse ahí donde se suponía. Sin embargo, al final de ese día estaba María Luisa en el lugar de aparcar, esperándome como de costumbre, como que si nada había pasado. Típico. Como prostitutita decente profesional que María Luisa era, calculaba ella que podría manipularme con la técnica de ignorar mis decisiones, tal como lo hacen las madres santas, dulces y encantadoras con sus adoradísimos hijitos lindos. Eso, por supuesto, reforzó mi idea de que había ”gato encerrado” en toda la situación.

El ”show” no se hizo esperar. En cuanto María Luisa me vio, rompió a llorar tal como lo hizo el día anterior. Los alaridos de ella se podían escuchar en todo el campus universitario. Bueno… quizás exagero un poquito. Pero el caso es que la escena del día anterior tuvo su repetición casi como si fuera la primera vez. Mas parecía que ella estaba ensayando alguna pieza de teatro. Yo opté de nuevo la táctica de esperar pacientemente tal como lo había hecho el día anterior de manera que fue claro para ella de que ella no podía seguir con la misma escena como si nada, así que ahora en ésta ocasión duró la pieza del musical llorante aproximadamente unos diez minutos, solamente.

Cuando ella se calmó le regresé su pequeña caja, pero sin invitarla a montarse a mi carro. En vez de eso me dirigí yo al carro, lo abrí solamente del lado que me correspondía a mi y me subí. Ella se acercó a mi y me dijo:

– ¿No me vas a llevar a mi casa…?

– No -le respondí yo. Tengo cosas que hacer…

– Pensé que serías un poco amable…

– Calmate María Luisa… yo no pienso seguir en tanto rollo… ¡Por favor…!

– Es que yo no entiendo -dijo ella alzando un poco la voz- el por qué de todo ésto… sólo porque yo, por amor, te espero aquí cada día… quizás es que querés libertad para andar a saber con que otra clase de mujeres… quizás es que yo te hago estorbo…

Por supuesto que ella me hacía estorbo pero yo no dije nada de eso. Además no era lo de ella ningún ”amor”; ella estaba en el negocio de su prostitución, nada mas. Entonces, sin responder, encendí el motor y empezaba a disponer mi salida del lugar de aparcar, cuando veo que ella, como astuta prostitutita decente que era, se colocó rápidamente detrás de mi carro de manera que yo no pudiera salir, a menos por supuesto, que pasara sobre ella. Yo apagué entonces el motor, me salí del carro, dejé todas mis cosas adentro, cerré con llave y me fui caminando de ahí sin decir nada. Ella dijo entonces alzando la voz:

– Aquí te voy a esperar Ricardo…

A lo que yo contesté:

– Tendrás que conseguirte algo para dormir ahí porque yo no voy a regresar… y gracias por ofrecerte a cuidar mi carro toda la noche… ¡No nos vemos…!

”¡No nos vemos…!” es en realidad irónico y burlesco. En El Salvador acostumbra uno a decir ”…nos vemos…” cuando uno se despide. Es algo así como el ”…see you later…” del inglés o el ”…vi ses…” del sueco. Pero decir ”…no nos vemos…”, que es invento mío, es un saludo negativo e hiriente y yo lo uso cuando yo quiero señalar precisamente que yo no quiero ver a la persona a la cual se la expreso.

Yo, en realidad, no me fui para mi casa. Yo me dirigí a uno de los pequeños cafés que existían dentro de la universidad, en éste caso al café de AGEUS, a tomar una suculenta cena. Como una hora después regresé a mi carro con la esperanza de haberme librado de María Luisa. Efectivamente encontré mi carro ahí libre de María Luisa, me monté y me fui para mi casa.

¡Tun… tun…! Y colorín colorado, éste cuento se ha terminado… ¿Terminado…? ¡Bendita sea la virgen María putísima…! ¡Ésta historia no va ni por la mitad…!

Cuando yo llego a mi casa esa noche, tranquilo, todavía con el virginal pensamiento de que ya todo había pasado… bueno… ingenuo y virgen del cerebro, para no decir tonto e inexperto que era yo era… me encuentro con que mi santa, adorable, encantadora, dulce y nunca bien ponderada madre me miraba con una expresión en la cara como si alguien la había amenazado de darle de garrotazos. Al igual que la noche del día anterior, mostraba mi inmaculada madre una actitud muy seria, nerviosa, agitada, con una expresión facial que asustaría hasta a los mismos espantos y a ella misma si se hubiera mirado al espejo. Mi madre me miraba con los ojos bien abiertos, con la cara alargada y con una actitud tensa y tirante como si se había encontrado con el mismo demonio (aunque no lo creo, el demonio habría salido corriendo espantado). Pero, al igual que la noche del día anterior, no me dijo ella ni una sola palabra. Ella solo me miraba fijamente. Entonces yo le pregunté:

– ¿Qué le pasa mamá…? ¿De qué está asustada…? Ésta no es la primera vez en su vida que usted me mira, ¿verdad…? Además y por desgracia, tampoco será la última…

Yo hacía las preguntas con desfachatez y con hiriente ironía. En realidad me importaba a mi un comino lo que mi sacrosanta madre tuviera en su nada sensata cabeza, que dicho sea de paso, para nada que le servía. Si, como no, para pensar estupideces y criminalidades. Ella no dijo nada. Solo se volteó y siguió en lo que estaba… haciendo ni mierda…

Yo me dirigí a mi habitación, que ya para ese entonces solo era para mi debido ya que mis hermanos mayores ya había abandonado el hogar paterno. Yo puse los libros sobre mi mesa de trabajo, me quité la camisa y salí hacia la cocina con la intención de tomar un poco de agua. Entonces vi a mi mamá que tensa, agitada y nerviosa hablaba por teléfono. Yo le pregunté a mi papá si no era que había pasado algo, pero él respondió que no, que él no sabía nada… si, como era su costumbre de él porque él nunca sabía nada de nada, pobre idiota que mi papá era… Entonces me dirigí a la empleada doméstica y le hice la misma pregunta. Ella me contestó que ella tampoco sabía algo. Así, decidí yo que nada pasaba y que solamente se trataba de una de las tantas enfermizas y atarantadas cosas que mi mamá acostumbraba a hacer. Me dirigí entonces de nuevo a mi cuarto, me encerré y me puse a estudiar un poco.

De todas maneras pensé yo que algo raro pasaba con mi mamá. La noche anterior había ella actuado en forma similar. En realidad había yo notado algo raro en mi mamá durante los últimos tiempos. Ésta no era la primera vez que, en los últimos tiempos, ella hablara por teléfono después de que yo llegara a casa por las noches. Pero yo no le daba importancia debido a lo enfermizo que era el comportamiento de mi mamá dado que ella nunca tenía algo para estar ocupada, además de que yo no soy ningún paranoico. Pero de todas maneras había yo notado que María Luisa sabía, en muchas ocasiones, mas de mi persona que lo que yo suponía que ella podía saber. Mas de alguna vez le pregunté yo a María Luisa sobre cómo se enteraba ella de lo que ella sabía de mi. Ella contestó casi siempre evasivamente y no aclaraba nada en concreto. Sin embargo, mas de alguna vez dijo María Luisa que yo mismo le había dado la información. Pero eso no me daba satisfacción alguna. Yo no he nunca sido ni borracho ni mariguanero como muchos de mis compañeros de estudio, ni algo por el estilo que pudiera explicar que yo le hubiese podido dar a María Luisa una información y que luego yo me olvidara de que se la había dado. Pero ella, en esas ocasiones, insistía en que había sido yo el que le había dado la información. Ella insinuaba, pretendiendo hacerse pasar por ”bromista”, que quizás yo había fumado mariguana, dado que muchos de mis amigos lo hacían, y que por eso yo olvidaba lo que yo hablaba con ella. Pero ella sabía perfectamente que yo nunca fumaba mariguana, de manera que la interrogante quedaba sin solución.

– Si pero es que -decía María Luisa- vos departís con tus amigos y cuando ellos fuman mariguana, respiras vos de todas maneras el humo que sale de los pulmones de ellos. Entonces te afecta a vos también y no solamente a ellos…

– Neles… -respondía yo. Si algo así sucede, no me encuentro yo con vos sino hasta el día siguiente y para entonces ya se habría pasado el efecto.

– Pero es que la mariguana afecta en forma diferente a personas diferentes… Eso lo se yo que estudio biología… -replicaba ella.

– ¡Je, je, je…! Yo no vengo del volcán de cortar cayotes, mamita… -respondía yo. Con esas cotorreadas puedes engañar a otros, pero no a mi… ¡Neles…!

Pero yo no le daba mucha importancia a todo eso debido mas que todo a que se trataba de pequeñeces. En verdad, lo que a mi me llamaba verdaderamente la atención era el mismo hecho de que ella supiera algo de mi sin que yo supiera cómo ella lo había averiguado, aunque solo se tratara de una tontera. Eso me intrigaba y me ponía pensativo.

Bueno, los días pasaban y yo ya ni pensaba en María Luisa con sus trucos y manipulaciones. Mi santísima madre seguía haciendo llamadas por teléfono después que yo llegaba a casa por las noches, pero a mi no me afectaba y no le daba importancia, mas que todo porque nunca creí que esas llamadas tuvieran algo que ver con migo.

Y colorín colorado… ¡Sanctus, sanctus, sanctus…! ¡Ésta historia continúa…!

Se llegó diciembre del mismo año. Todos esos días había yo tenido una vida tranquila sin el estorbo de María Luisa, pero no porque ella no quisiera, sino porque yo no se lo permitía. La verdad es que ella utilizó todo un batallón de amigas de ella, igual de prostitutitas decentes como ella, que se dedicaron a expresarme que yo era ruin por haber terminado con María Luisa. El chantaje social es una de las mas poderosas herramientas de las prostitutitas y prostitutonas decentes. Pero esas opiniones, de todas maneras, me tenía sin cuidado y yo no les daba importancia. La única verdadera situación desagradable era que mi dulce y nunca suficientemente santificada madre me preguntaba a diario y al detalle sobre mis idas y venidas. Mi amorosísima madre se mostraba mas y mas inquisidora con cada día que pasaba. Ella siempre quiso tener el absoluto control sobre mi persona pero yo, ya desde que yo me había hecho adolescente, no le había dado a ella chance de someterme. Pero ahora, por éstos días, experimentaba yo una arremetida por parte de ella. Sus preguntas eran, cada día que pasaba, mas y mas exigentes. Ella quería explicaciones detalladas de lo que yo hacía y no hacía. Yo, por supuesto, no le daba las respuestas que ella deseaba pues yo me negaba simplemente a darle detalles de mis actividades. Pero de todas maneras me era tedioso estar, por ejemplo cenando, a la vez que ella se dedicaba a preguntar y preguntar con el argumento de que lo hacía por amor y por mi bien.

– Yo solo trato de darte orientación… -decía la muy descarada.

– ¿Cuál es la orientación que usted, corrupta señora, me puede dar…? -contestaba yo.

Uno de esos días le expresé yo a mi nunca suficientemente venerada madre que yo estaba en vueltas de buscar apartamento donde vivir porque yo ya no pensaba seguir viviendo en el hogar materno, sobre todo pensando en toda la jodedera que ella se tenía acerca de mis actividades cotidianas. Ella reaccionó de inmediato y expresó que ella ya no me molestaría mas y que ya no me haría mas preguntas. Yo le dije entonces que no era sólo por eso, sino que yo, de todas maneras, ya no podía seguirla soportando, además de que yo ya era adulto y deseaba hacer mi vida a mi gusto y sin el entrometimiento de tan dulce y amorosa madre. Ella expresó entonces:

– No lo hagas antes de navidad… Por tu bien, hijito lindo…

– Lo haré en cuanto pueda… -respondí yo. Yo ya no soporto tanto amor y tanta dulzura de parte suya…

Yo siempre hablaba con una hiriente ironía cuando me dirigía a mi mamá. Ella entendía perfectamente que yo la odiaba y la detestaba, aunque eso por supuesto, le importaba a ella un comino; lo que yo pensara no le afectaba a ella en lo mínimo. Ella siempre me ignoraba. Lo que le interesaba a ella era poder controlarme y utilizarme incluso sexualmente. Típico de prostitutona decente. Así pues la expresión ”…por tu bien, hijito lindo…” tenía olor a podredumbre, olor a cloaca. Se trataba de una expresión vacía y desgastada, pero que le servía a ella para proyectarse en forma propagandística como madre santa, dulce y encantadora. A ella le importaba muy poco que yo, su adoradísimo hijito lindo, ya le hubiera expresado en incontables ocasiones que esa expresión era muestra de su corrupción. Ella seguía diciéndola porque sabía que los que la escuchaban, por ejemplo vecinos u otras personas ajenas a la casa, no tenían idea de toda la podredumbre que se escondía detrás de esas palabras.

En esos días habló mi mamá de hacer una fiesta en casa el día de la víspera de navidad. Ella quería que todos estuviéramos presentes, es decir, ademas de los que todavía vivíamos en casa que eramos mi hermana menor y yo, también mis tres hermanos mayores, que ya eran casados, con sus respectivas parejas e hijitos lindos; agregando algunos otros parientes mas o menos cercanos y algunos amigos. Mi santa madre decía que ella quería vernos a todos juntos alguna vez debido a que ella nunca sabía si el día de mañana podía ella amanecer muerta. Ella, en la ridícula tragicomedia de su vida, vivía siempre dándose angustias de puro joder. Mi madre insistía de que ella podía sufrir un ataque al corazón en cualquier momento, cosa que utilizaba, por supuesto, para chantajearnos a los demás. ¡Qué ataque al corazón ni qué nada…! Todo era parte del show para hacer lo que sea sin asumir responsabilidades.

Yo no le daba importancia a los planes de mi mamá. A mi me daba lo mismo que ella planificara lo uno o lo otro. Yo nunca pude identificarme con esa mal llamada ”familia” debido a que yo fui marginado, considerado inexistente y objeto de discriminación racista por ella y mis así llamados ”hermanos” mayores debido a que yo soy el mas moreno de todos. Yo fui también acosado como rata acorralada; luego de acosarme me ”perdonaban” la vida, algo con lo que según ellos, mostraban ellos su infinita bondad. Yo, supuestamente, tenía que agradecer infinitamente todos esas muestras de ”cortesía”. Pero además, cargaba yo con la obligación de pedirles perdón por cometer el delito de creer que yo tenía algún derecho en la vida, algo que ellos consideraban como un grotesco insulto, si, como una grosería, como lo llamaba mi mamá.

Yo no he sentido jamás en mi vida que yo pueda ser parte de ellos. Pero es que tampoco lo soy. Yo no soy parte de ellos. No puedo ni quiero serlo. No hay ni el mínimo punto en común entre mis ”hermanos” mayores y yo. Mucho menos, por supuesto, con mi dulcísima y siempre incomprendida madre. Aparte, por supuesto, de que en términos biológicos se nos pueda aplicar el eufemismo de ”familia”. Esa fue la razón por la cual el día de la víspera de navidad, había yo olvidado totalmente la tal fiesta organizada por mi mamá, dada la simple razón de que no era mi fiesta. Eso, a pesar de que yo presenciaba las idas i venidas de los preparativos. Pero es que era claro, esa era la fiesta de mi mamá y mis ”hermanos” mayores, la fiesta de ellos, tal como en realidad era y tal como yo sin equivocarme lo entendía y tal como aún ahora lo entiendo todavía. Ellos, mis ”hermanos” mayores, vivían guardando las apariencias y sólo se preocupaban por proyectar la imagen de que nunca había conflictos en esa mal llamada ”familia”. Eso a pesar de los altísimos niveles de violencia, coacción, crueldad, agresión, ensañamiento, brusquedad, dureza, atropello, violación, tirantez, tensión, corrupción, prostitución, degradación, envilecimiento, traición, manipuleos, chantajes, extorsión, coacción, amenazas, timo, insultos, agravios, injurias, calumnias, ofensas, afrentas, baldones, denuestos, ultrajes, dicterios, improperios, invectivas, oprobio, vituperio, escarnio, mofa, robos descarados, etc, etc, etc, etc, que ahí adentro se vivían.

Bueno! Si hablamos de una por todos sus lados familia en absoluta y total disfunción al extremo de llegar a lo exageradamente absurdo y ridículo, puedo decir que la así mal llamada ”familia” en mi infancia y adolescencia, era la que se llevaba el premio mayor en ese rubro de existir en la absoluta y la total disfunción, pero en una feroz competencia, de todas maneras, con el resto de la sociedad puesto que familias en estado de disfunción es lo absolutamente normal en las familias católicas. O sea, llamar con el nombre de ”familia” a lo que yo pertenecía, era simplemente abusar del idioma. A veces los dioses estaban presentes, miraban todo y castigaban, pero a veces era totalmente lo contrario. Eso podía cambiar de segundo a segundo según le convenía a mi mamá en cada momento. Eso, por supuesto, con la total bendición de la iglesia católica. Faltaba mas. Recuerdo que mi papá y mi mamá nunca se ponían de acuerdo entre sí a la hora de expresar sus opiniones. Eran en gran medida una pareja totalmente dispareja. Mi mamá, por ejemplo, repetía una y otra vez ”…toda la gente es mala…”. Pero mi papá no compartía exactamente la misma opinión, él decía: ”…toda la gente es buena…”. Ahora me pregunto que tan pareja era la ”pareja” dispareja formada por mi mamá y mi papá. Ellos habitaban en la misma casa, pero cada uno de ellos vivía en su propio mundo sin un mínimo contacto. El hecho fue que mi mamá declaraba abierta y en forma desfachatada que ella se casó con mi papá por aquello de que ”peor es nada”, pero yo, ya como adolescente, me preguntaba acerca de si mi papá realmente era mejor que nada. De todos modos, era mi mamá y mi papá un ”equipo”, pero sólo cuando se trataba de idioteces. Su mutua colaboración era genial. Sí, porque la idiotez que no se la inventaba el uno, se la inventaba el otro. Ellos se completaban mutuamente. Y eran muy creativos, hay que decirlo. Además tenían ellos una colaboración entre si que puede ser llamada como ”push-pull” (empujar y tirar) como se usa y se le llama en electrónica. Por ejemplo, expresaba mi mamá constantemente su odio y su desprecio a nosotros, sus adoradísimos hijitos lindos según sus propias palabras, diciendo que nosotros solamente éramos ceros a la izquierda completamente inútiles que no valíamos nada. Mi papá, por su parte, repetía día y noche que él estaba orgulloso de ser un don nadie, un mierda, y que nosotros sus hijos, haríamos bien si seguíamos su ejemplo, porque eso era algo honorable. Claro. Una muy bonita ”cooperación”. Ellos se completaban entre sí, como dicho antes. Pero a veces de ridículo era también chistoso. Por ejemplo la noche en que mi papá llegó a casa sin uno de sus zapatos, o sea descalzo de un pie. Cuando mi santa y podrida madre le preguntó a mi papá qué fue lo que le había sucedido, respondió él simplemente: ”Yo no tengo el zapato conmigo, yo no tengo el zapato conmigo. Eso es así simplemente…” Nunca supimos lo que sucedió. La explicación para ese hecho se convirtió en un absoluto secreto que mi papá se llevó consigo a la tumba…

En casa no había ninguna estructura. Nadie sabía lo que era aplicable en diferentes situaciones, simplemente porque no había nadie para asumir la responsabilidad de alguna cosa. Cada situación que se produjo en la vida familiar se manejaron sin seguir ninguna referencia en absoluto por la sencilla razón de que no existía ningún marco de referencia. Fue una pura coincidencia, casi el destino, lo que decidió el resultado en cada suceso. Este fue el caso, por ejemplo, con mi hermana mayor, quien era la mayor de todos nosotros hermanos y hermanas, cuando ella tenía 14 años y se enamoró de un chico. En ese entorno caracterizado por un estricto catolicismo donde la palabra moral se pronunciaba con gran solemnidad, pudo ella simplemente, directa y llanamente, invitar al chico y tener su romance en casa durante las tardes. Sin embargo no fue lo mismo para mi hermana pequeña trece años más tarde cuando ella llegó a los 14 años de edad. Ella era la menor de todos nosotros los hermanos. Cuando ella se enamoró de un chico reaccionó mi hermano mayor Pedro muy fuerte. Pedro consideró completamente inmoral que mi hermana menor invitara a un chico a casa. Curioso comportamiento pensando en que Pedro solamente se relacionó con putas toda su miserable vida. Mi hermano mayor Pedro decidió en ese momento tirar al chico de mi hermanita a la calle, eso con la aprobación tácita de mi madre porque ella, mi madre, no reaccionó en absoluto ni en contra ni a favor de las intenciones de mi hermano mayor Pedro. Pero entonces, cuando mi hermano mayor Pedro llevaría a cabo la acción de tirar al chico de mi hermana menor, reaccioné yo con fuerza y firmeza. Yo argumenté que él, Pedro, no tenía la autoridad para decidir sobre los asuntos amorosos de mi hermana menor. Yo entonces me enfrenté a mi madre y le exigí a ella una decisión sobre el asunto. Mi madre, como de costumbre, no se hizo responsable de nada y sólo respondió diciendo que ella no quería peleas en el hogar. Entonces yo le pregunté a mi madre directamente:

– ¿Decide usted mamá, que a mi hermana menor no le se debe permitir recibir visitas de chicos aquí en casa? ¿SÍ O NO? (Yo levanté mi voz a la pregunta ”sí o no”).

Mi madre respondió simplemente:

– Yo no quiero peleas, yo no quiero peleas…

Es decir, mi madre solamente argumentó que ella no quería peleas en el hogar. Ella, mi madre, no contestó ni sí, ni no, como era habitual en su manera de responder a los asuntos en casa. Yo le pregunté de nuevo, pero ahora con la voz un poco más alta:

– ¿Decide usted mamá, que a mi hermana menor no le se debe permitir recibir visitas de chicos aquí en casa? OTRA VEZ: ¿SÍ O NO?

Mi madre respondió de nuevo:

– Yo no quiero peleas, yo no quiero peleas…

Mi madre no respondió nada en concreto, no dijo ni sí ni no. Así que yo dije entonces:

– Okay. Mi mamá no dice que está prohibido para mi hermana menor recibir la visita de chicos aquí en casa, así que nadie tiene que hacer nada al respecto.

Mi hermano Pedro se puso verde de rabia, pero no hizo nada más. Así fue con nosotros. Fue la pura casualidad lo que decidió todo. Ninguna estructura, ninguna autoridad, nada. Papá siempre estaba ausente, por suerte. Ni siquiera los rebaños de animales se comportan de esa manera. Los leones, las hienas, los perros de la pradera, etc., tienen una estructura clara de sus rebaños, pero no las familias en El Salvador. En casa, éramos una colección irregular, asimétrica de animales sin ningún tipo de lazos entre nosotros. Habitábamos juntos, pero no más. Cada uno vivía en su propio mundo…

La ”familia” donde yo crecí estaba lejos de ser una excepción. No, porque esa forma de “familia” era (y sigue siendo) lo normal en el país en que nací. Es básicamente el catolicismo lo que hace que las “familias” en El Salvador funcionen de esa manera. Una mujer piensa sólo en conseguir cualquier hombre que la va a mantener, no importa quién sea ese hombre porque ella va a dedicar su miserable vida sólo a parasitar. Eso, completamente de acuerdo con la moral católica, la ética católica. La mujer debe ser virgen, por supuesto, pues el hombre quiere comprar algo nuevo. Él es quien paga, por supuesto. La mujer, por su parte, tienen su virginidad como lo único que ella puede ofrecer. La mujer ha escuchado toda su vida, una y otra vez desde que era una niña, que lo único que ella tiene para poder sobrevivir es lo que ella tiene entre las piernas, especialmente si ella fue ”educada” en un colegio católico para niñas. Por eso no es de extrañar que, al menos y en el mínimo grado, el 90% de las chicas que se inscriben en la universidad, no van ahí para estudiar sino solamente para conseguir al hombre que las va a mantener de por vida, por lo que cuando estas mujeres consiguen ese hombre, abandonan entonces los estudios para siempre. Ese fue el caso de mi hermana mayor, por ejemplo. Y mientras el hombre es el que paga la comida y todo lo demás, entonces nada mas importa. Pero la mujer debe asegurarse de que el hombre no la deje y se vaya así es que ella se apresura a tener hijos con él y entonces utilizar esos niños como herramienta de chantaje contra el hombre. Los niños son entonces sólo un mal necesario ya que no son deseados, pero si necesarios y obligatorios. Los niños son una obligación vinculante para el hombre. Los niños, a su vez son vistos como una carga, una incomodidad, un disgusto. El valor de los niños para la madre es como el valor del cubo de la basura en el mejor de los casos. Eso, en total acuerdo con la visión de la moral de la Iglesia Católica. Nadie toma nota de la existencia de un niño y aún menos sobre sus necesidades. Nadie se dio cuenta, por ejemplo, que ya cuando yo tenía 8 años de edad tenía yo una pasión por la electricidad y la electrónica. Lo mismo pasó con mi hermano Pedro, quien mostró un gran e intenso interés en el juego de ajedrez cuando él solamente tenía 13 años de edad. A nadie se le vino en su cabeza la idea de comprar un tablero de ajedrez para él a pesar de que mi padre era un jugadores de ajedrez experimentado. Hoy odio yo a mi hermano Pedro, pero en realidad él también fue un niño inocente en algún momento de la vida. De la misma manera, cuando yo tenía 15 años de edad, tenía mi mejor amigo, de la misma edad que yo, un apasionado interés en aprender a tocar la guitarra. En casa de él no hubo alguien que se diera cuenta de eso. Eso es El Salvador, un país católico. Coger, (follar, joder), parasitar, robar y matar son los cuatro pilares del concepto católico de la palabra ”moral”. Todo el mundo piensa sólo en eso y quienes no lo hacen es considerado como un inadaptado, descartado, inútil. Yo mismo soy un ejemplo excelente de ”desajustado” en la sociedad salvadoreña, pero doy gracias a todos los dioses que existieron, existen y se puedan inventar en el futuro que yo no nací como mujer en un país musulmán. ¡Diablos!

Así pues llegó el momento de la fiesta de mi inmaculada y prostituida madre. Yo no tenía planes precisamente concretos. Yo pensé solamente en ir a visitar a mi novia y hacer un recorrido con ella donde nuestros compañeros de estudio con los cuales nos sentíamos muy bien y con los cuales teníamos juntos momentos muy felices y divertidos. Nuestros amigos y nosotros eramos todos de orientación política de izquierda, algo que jamás puede uno imaginarse de una prostitutita decente como María Luisa, menos de una prostitutona decente como mi mamá. Nuestras reuniones y fiestas se convertían en verdaderos foros de debate mezclados con un fino e hiriente humor político e impregnados con la alegría típica de jóvenes que eramos nosotros. Tiempos inolvidables… aaahhh…!

A eso de las 17:00 horas (5:00 pm), comencé yo mis preparativos para esa noche. Yo preparé la ropa que yo usaría, que dicho sea de paso no difería de la ropa que yo usaba cotidianamente, y me metí al cuarto de baño a darme una ducha. Pero cuando salí del baño me llevé una verdadera sorpresa… en mi cama encontré un traje completo con saco de vestir, pantalón, camisa, camiseta, corbata, calcetines, zapatos y hasta calzoncillos. Todo completamente nuevo y todo, por supuesto, perfectamente planchado y reluciente. Yo quedé un poco confundido, como anonadado. Yo me preguntaba el por qué de todo esa ropa, sobre todo pensando en que yo nunca usaba ese tipo de vestimenta y que mucho menos compraría yo algo semejante. Para mi era totalmente fuera de mi estilo de vestirme el usar semejante indumentaria. Yo tenía razones ideológicas para negarme pues todavía ahora, a los 64 años de edad (cuando escribo este cuento, 2011), me niego yo a usar corbata por ejemplo. Mi mamá llegó de inmediato, casi corriendo y, con una exagerada muestra de amabilidad, de cortesía, de ”dulzura”, con una sonrisa tan forzada y tan falsa que incluso me causó miedo, me dijo que esa era la ropa que yo usaría durante la tal fiesta. Yo, entonces, le interpelé:

– ¿Y quien le ha dicho a usted que usted puede decidir lo que yo voy a usar y lo que yo no voy a usar…? ¿Y quien, además, le ha dicho a usted que yo me voy a quedar a SU fiesta…?

Yo hice énfasis en la palabra ”SU” para indicar que yo tomaba distancia de todo lo que se relacionaba con mi mamá. Pero ella, por supuesto y como lo hacía siempre, no contestó a mis preguntas. Lo que yo preguntara le tenía a mi mamá sin cuidado. Ella me ignoró totalmente tal como lo hizo siempre. Ella, ignorándome, dijo entonces:

– Es para que te presentes muy elegante en la fiesta… para que todos te admiren…

Yo reaccione en forma directa. Sin decir una palabra, puesto que de nada me servía hablar ya que sería ignorado, tomé la ropa, la hice un solo puño, la retorcí y la arrugué lo mas que pude, la tiré al suelo, me paré y salté en ella y luego la recogí de nuevo solo para tirársela a mi mamá en su cara. Yo dije entonces:

– Puede usted, santa señora, comer toda la mierda que usted quiera… póngale cebolla si así le gusta… y fuera de aquí que éste es mi cuarto…!

Mi mamá palideció y retrocedió de inmediato. Salió de mi cuarto retrocediendo y se fue de ahí con la ropa en las manos. Yo decidí entonces que de ninguna manera regresaría yo a la fiesta de mi mamá, de manera que yo seguí en mis preparativos para esa noche, enfadado pero sin importarme lo que mi mamá pensara. Cuando yo ya estaba casi para salir, se acercó la empleada doméstica hacia mi y me pidió que le informara la hora a la cual yo regresaría. Yo le contesté que hasta el día siguiente. Ella me explicó entonces que mi mamá le había dado instrucciones de limpiar y planchar de nuevo la ropa que yo había arrugado porque, según dijo mi mamá, yo la utilizaría mas tarde. La empleada me expresó además que ella estaba tan ocupada en ese momento que no podría hacer esa tarea de inmediato y que era por esa razón que ella hacía preguntas. Yo le dije entonces que no se preocupara, que yo, de todas maneras, no me pondría jamás esa ropa. La empleada sonrió y se alejó a sus quehaceres.

Esa forma de reaccionar de mi mamá no era nada nuevo para mi. A pesar de que yo era llamado ”adoradísimo hijito lindo” por mi mamá y que además mostré claramente mi negativa a introducirme en las vestimentas que ella compró, me ignoraba ella como si nada. Desde niño había yo vivido esa actitud donde yo, hijito lindo y todo, era total, brutal, criminal y absolutamente ignorado por mi amorosísima madre, a pesar de lo muy santa, cariñosa, dulce y encantadora que ella era. En ésta ocasión, en mi ingenuidad y mi virginidad cerebral, creía yo simplemente que ella, como de costumbre, quería lucirse ante los demás como una lindísima madre que tiene, por supuesto, lindísimos hijos. Cuando nosotros eramos niños y aún cuando adolescentes, recurría ella a todo tipo de chantajes, abusos, mentiras, manipulaciones, amenazas, insultos, engaños, trampas, traiciones, o, en el mejor de los casos, soborno, etc, para lograr que nosotros, sus adoradísimos hijitos lindos, hiciéramos tal como a ella le convenía en el momento que a ella le convenía. Pero yo, a diferencia de los cobardes, podridos, desgraciados y comemierdas de mis hermanos mayores, empecé ya a temprana edad a negarme a aceptar las exigencias de ella. Ella no sabía como hacer para doblegarme debido a que, entre otras cosas, la amenaza de los infiernos no funcionaba conmigo. A medida que yo crecía veía ella que le era mas y mas difícil doblegarme y hubo momentos en que ella se mostró nada menos que desesperada al punto de hablar de declararme comunista para que me llevaran preso. Pero eso no lo hizo porque, por suerte pues no hay mal que por bien no venga, ella nunca asumía la responsabilidad de sus decisiones y, por ende, exigía que fuera mi papá quien tomara la medida de hacer una denuncia para que yo fuera internado en alguna cárcel. Ella insistió durante mucho tiempo que eso era lo único que podía salvarme de las garras del demonio, del pecado y del comunismo en que, según ella, yo me encontraba. Pero mi papá era bastante liberal y no consideraba necesario tomar medida semejante. Pero, entre paréntesis, tampoco fue mi papá una persona de asumir responsabilidades, por suerte. Mi mamá decía que mi papá no servía para nada. Sí, por supuesto, mi papá no servía para la prostitución de mi mamá, aún cuando él no era consciente de eso.

Bueno… después de todo el despelote que había ocurrido con lo del traje arrugado y todo, abandoné yo mi casa y me fui para donde mi novia. Estuvimos en casa de ella unos momentos y luego decidimos salir a visitar a nuestros amigos y compañeros. Fue una noche espléndida. Anduvimos de casa en casa, comiendo un poco aquí y otro poco allá, bailando un poco por aquí y otro poco por allá. Por último fuimos a parar a casa de una de sus compañeras de estudio con toda nuestra barra y la pasamos de lo mas divertido bailando y discutiendo sobre política el resto de la noche. Para terminar amanecimos en una venta callejera de carne azada con fríjoles (o fréjoles) y crema que se llamaba (no se si todavía existe y si no es una pena) ”El Amanecer”, en la plaza Hula-Hula de San Salvador. Puesiesque ”El Amanecer” era el lugar donde todos los jóvenes fiesteros amanecíamos después de noches enteras de verdaderos desarreglos educacionales, según nuestras nunca muy veneradas madres.

Cuando ya se dieron aproximadamente la 4:30 de la mañana del día siguiente, empezamos nosotros, poco a poco, a regresar a nuestras casas. En mi carro llevé yo a mi novia a su casa y, poco después de las 5:00 am. llegué de regreso a mi casa. En mi virginidad mental no sabía yo lo que me estaba esperando… Mi mamá estaba todavía levantada a pesar de que su fiesta ya había terminado hacía muchas horas atrás y a pesar de que los invitados ya se habían retirado para sus respectivas casas. Mi mamá estaba simplemente esperándome. Tal era su amor de madre… Ugrhrgrgrht…! Me da asco y ganas de vomitar de sólo pensarlo… En cuanto yo entré dijo ella:

– ¿De dónde venís a éstas horas…?

– De donde no le importa, señora… -respondí yo.

– Fijate lo que me haz hecho pasar… La vergüenza que he tenido que soportar por tu culpa…

Las madres santas en Latino América ca(r)gan a sus adoradísimos hijitos lindos con enormes sentimientos de culpa. Los adoradísimos hijitos lindos son solamente instrumento de las madres y si no hacen como ellas quieren son, entonces, culpados de todos los males pasados, presentes y futuros. Cada grano de arroz mal cocinado es un enorme fardo que pesa sobre la consciencia de los adoradísimos hijitos lindos. Es un fardo que es mas pesado que toda la deuda externa de América Latina con sus intereses y todo. Pero yo me negaba a aceptar eso y me daban lo mismo las quejas de mi, según ella misma, nunca suficientemente adorada madre.

Yo me fui para mi cuarto y, alzando la voz, le dije entonces a mi santísima madre:

– No se le ocurra seguirme hostigando si no quiere terminar sus días con las tripas colgando de algún árbol de aquí por las cercanías… déjeme dormir tranquilo…!

Luego cerré la puerta de un solo portazo y me acosté a dormir. Yo solo alcancé a oír que mi mamá decía:

– ¡Ay no…! ¡Ay no…! ¡Ay no…! Ya no hay respeto… ya no hay respeto… ni porque soy la madre… ni porque soy la madre… no les importan todos mis sacrificios… no les importan todos mis sacrificios… ¿Hasta dónde vamos a llegar…? ¿Hasta dónde vamos a llegar…? ¡Ay no…! ¡Ay no…! ¡Ay no…!

Y colorín colorado… Neles pasteles… Ahora es cuando viene lo realmente chistoso…

Puesiesque yo me di una dormida de padre y señor mío. Desde aproximadamente las 5:30 a.m. que yo llegué a casa hasta mas o menos la 17:00 (5:00 p.m.). Después de eso me levanté todo amodorrado y con pereza. Entonces le pedí a la empleada doméstica, que se llamaba Rosita, que me sirviera un poco de comida. Me senté y empecé a comer con toda la virginal tranquilidad con que yo andaba. Rosita se me acercó y me preguntó:

– ¿Por qué no vino anoche a la fiesta, don Ricardo?

– ¡Ah..! Bueno… claro… -respondí yo. Yo no tenía ningún deseo de estar aquí entre tanto hijo de puta… ¿Por qué me preguntás…?

– Es que su mamá dijo anoche que usted se iba a casar aquí en casa…

Lo afirmado por Rosita me estremeció y me sacudió al punto que casi me atraganto con la comida. Yo dije entonces:

– ¿Q… q… qué… qué… decís, Rosita…? ¿De qué locuras estás hablando…? ¿Se te ha desatornillado el cerebro…?

– No… -respondió ella a la vez que se reía a carcajadas- no se me ha desatornillado nada… Su novia estuvo aquí con el papá y la mamá y todos esperaban a que usted llegara para que usted se casara con la muchacha… y se fueron muy enojados porque usted nunca llegó…

– ¿P… p… pero que chifladuras estás diciendo muchacha chiflada de las entendederas…? Yo anduve para arriba y para abajo con mi novia toda la noche… No sabía yo que yo tenía dos novias… ay dios zángano todo pedorroso… y mucho menos que yo me iba a casar alguna de ellas aquí en casa… ¡Ave María putísima…!

– ¿No lo sabía…? Todos pensaron que quizás a usted se le había olvidado… porque a usted se le olvida todo… y que por eso no regresó nunca…

– Pero es que no entiendo… ¿De qué estás hablando Rosita…? Por favor… ya empiezo a sentirme incómodo…

– Sí… el papá de su novia se puso muy enojado y dijo que iba a llamar por teléfono para reclamar a usted el bochorno que usted los hizo pasar…

Yo no pude seguir comiendo. En vez de eso le pedí a Rosita que me diera mas detalles de lo que ella sabía. Pero Rosita no sabía mucho, o mas bien, no había atado cabos, es decir, no había establecido relaciones de todo lo que ella había visto y oído durante todos esos meses. Si, meses, porque todo tenía que ver con mi noviazgo con María Luisa.

Lo que yo pude sacarle a cucharadas, preguntas y mas preguntas a Rosita, fue mas o menos que desde hacía algunos meses -claramente cuando María Luisa y yo comenzamos nuestra relación- había María Luisa llegado de visita a casa por las mañanas, tiempo en que yo me encontraba en la ”U” (la universidad) y que entonces había ella y mi mamá tenido conversaciones al rededor de mi persona y que fue durante esas conversaciones que ellas pensaron que ya era tiempo maduro para que yo sentara cabeza, es decir, me casara y claro, qué mejor que con una prostitutita decente como María Luisa. Fue en esas conversaciones que ellas planificaron aprovechar la víspera de navidad de ese año para hacer una fiesta donde ellas, en forma muy oronda, anunciarían un supuesto compromiso de matrimonio entre María Luisa y yo, eso frente a toda la concurrencia de parientes cercanos, lejanos y amigos; además del papá y la mamá de María Luisa. Ellas contaban con que yo, supuestamente, no podría decir ”no” debido al enorme chantaje social al que yo me vería sometido en ese momento. Por eso es que ellas no se plantearon la necesidad de preguntarme a mi lo que yo tendría a decir. Ignorarme era lo ”lógico” para ellas en su lógica de prostitutas. Tanto es el ”amor” de tan santas y prostituidas figuras. Y pues sí, claro, semejantes santas como las putonas decentes como mi mamá, la mamá de María Luisa y las putitas decentes como María Luisa misma, son dignas de tenerles miedo. Son expertas para manipularlo todo sin la menor vergüenza ni los menores escrúpulos, algo de lo cual puedo yo dar fe. Y es por eso que se van al cielo cuando mueren. Sí porque ellas cumplen con la ”moral” católica y son ellas las que el señor católico de allá arriba en las nubes quiere tener a su lado derecho. Satanás, por el contrario, no es ni inescrupuloso ni malvado. Satanás se aterroriza frente a esas santas figuras y por eso está el infierno cerrado para ellas…

En ese momento, después de que Rosita me informara de todo, comprendí yo el por qué María Luisa unos dos o tres meses atrás, en los primeros segundos después de que yo le informara a ella de que nuestra relación se terminaba, reaccionó ella con un gesto de de desprecio hacia mi persona. Ahora entendía yo el por qué ella hizo ese gesto con sus manos y con sus labios donde ella mostraba que lo dicho por mi no valía nada para ella, que lo dicho por mi no tenía ninguna importancia. Claro que ella suponía que yo ya había caído como pez en una red o en un anzuelo, como un tonto sin salida. Ella supuso que yo ya no tenía ningún chance. María Luisa tenía el apoyo de mi mamá y en ese país mierda de El Salvador, donde una madre es la regenta absoluta de su burdel católico llamado hogar, se toma por dado que una madre santa puede disponer de sus adoradísimos hijitos lindos como a ella le de su santa gana. Incluso puede una madre santa abusar sexualmente de sus hijos sin problemas, tal como mi mamá lo hizo de hecho con todos nosotros sus 5 hijos donde no hubo alguien que dijera: ”…ésta boca es mía…”. Pero ellas, mi mamá, María Luisa y la mamá de María Luisa, no contaban con mi astucia. ¡Síganme los buenos! No, mejor síganme las que están buenas. Ahí si que la cagaron ellas de plano, las tres estúpidas prostitutas…

En ese complot, porque eso no fue nada menos que un complot, estaban involucradas tres muy divinas personas: La prostitutona decente de mi inmaculada madre, la prostitutita decente de María Luisa y la prostitutona decente de la madre de María Luisa. El papá de María Luisa sólo sabía que en la fiesta se hablaría de matrimonio, pero nada mas. Él fue engañado al igual que todos los demás parientes, incluyendo al pobre idiota e infeliz de mi papá que nunca sabía nada de nada.

Después de que yo desenredé los hechos con Rosita no pude yo contenerme ni controlarme y me dirigí directamente a la habitación de mi mamá donde ella dormía. Yo entré violentamente, desperté a mi mamá a gritos y sacudiendo la cama y le exigí una explicación de las cosas que ella andaba haciendo contra mi a mis espaldas. Por supuesto que mi mamá despertó sobresaltada, asustada y confundida. Pero después de unos momentos se dio cuenta de lo que yo hablaba. La reacción de mi mamá fue como de costumbre, ella evadió toda responsabilidad por medio de ponerse a llorar y decir que todo era por mi propio ”bien”. Yo, de todas maneras, grité en su cara con todas las fuerzas que yo pude y le dije que no se le ocurriera volver a hacer lo mismo alguna otra vez en la vida si no quería terminar sus días con la cabeza a 20 metros del resto del cuerpo y con las tripas cortadas en pedacitos.

Después tomé yo el teléfono y llamé a casa de María Luisa. Fue la propia María Luisa quien contestó y entonces yo, sin siquiera saludar, dije:

– Quiero hablar con el señor de la casa…

María Luisa reconoció mi voz, por supuesto, y entendió que las cosas no andaban tan bien como ella quisiera. Astuta prostituta que ella era, contestó de inmediato:

– Mi papá no está en casa…

Yo me dí cuenta que ella mentía, con toda probabilidad. Entonces yo alzando la voz le dije:

– Pues es mejor para vos que tu papá se encuentre en casa, porque si no voy yo a tu casa, personalmente, a hablar con él.

María Luisa calló y sólo me pidió que esperara. Unos segundos después estaba el papá al teléfono.

– ¿Si…? -dijo el papá de María Luisa. ¿Ricardo…?

– Si… -dije yo. Lo llamo en relación a lo sucedido anoche aquí en mi casa. Yo estoy consciente de que usted sufrió un mal rato anoche durante la fiesta en mi casa… pero usted debe saber que de ninguna manera he estado yo involucrado en lo que ha sucedido. Yo debo decirle que yo, en absolutamente ningún momento, he hablado de matrimonio con María Luisa… ni con ella ni mucho menos con mi mamá o, peor todavía, con su esposa. Ha sido hasta éste día, hace sólo unos momentos, que yo me enteré de que yo supuestamente tenía algún compromiso con su hija. Pero fueron mi mamá, su hija y su esposa quienes organizaron todo haciéndole creer a todos que yo tenía algún tipo de compromiso. Pero yo le informo que todo eso fue algo que ellas inventaron a espaldas de todos nosotros los demás, incluido yo e incluido usted mismo. Todo ha sido una total falsedad de parte de ellas, un complot. Crea usted lo que usted quiera… pero ya hace varios meses que María Luisa y yo rompimos relaciones, algo que, por supuesto, ella sabe perfectamente y no sólo ella, su esposa también. Ademas… yo tengo novia, algo que incluso María Luisa sabe… María Luisa y todos los demás… incluyendo mi mamá y su esposa… Esa es la verdad, desagradable quizás, pero es la verdad. De nuevo le digo que puede usted creer lo que usted quiera, pero yo ahora no tengo ya mas que decir y sólo espero que usted entienda, si es que le interesa entender…

El papá de María Luisa se quedó callado unos momentos luego de lo cual dijo solamente:

– Está bien… está bien…

– Adiós… -dije yo.

Yo colgué entonces el teléfono y me fui para mi cuarto… endiablado y con hambre…

Y ahora si… colorin colorado, que éste cuento ahora sí que se ha terminado… ¡Neles…! Éste es en realidad un cuento sin final… Mi mamá murió… por fin… en julio de 2001 a los 87 años de edad… a la puta, si es que la mala hierba cuesta que se muera… y ella, hasta en el último segundo de su vida, siguió con la idea de que yo me sometería a sus abusos… Si, por supuesto, eso es lo que en América Latina es llamado ”amor de madre”… pero bueno, lo dejamos aquí porque algún día tiene esto que tener final.

Y colorín colorado, éste cuento se ha terminado…
[Åh, Röda sparven! Denna berättelse är över…]

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6 kommentarer »

  1. Miguel said

    Hola. Ese dicho lo decia mi papa, él era del 47 y salio del Liceo. Vergueta dijo el padre Argueta? Será que se hiso famoso en El Salvador? Gracias.

    • Ricardo Alfredo Guillén Herrera said

      Hola Miguel.

      Yo también soy del 47. Ese dicho del cura Argueta es viejísimo. Nosotros ya lo decíamos cuando cipotes.

      Que bien que leistes mi cuento sobre María Luisa. Ella era todo lo contrario de Martha Edith (Teddy). Asi es la vida.

      /Chicayo.

      • Miguel Flores said

        Gracias Chicayo. Si, yo ultimamente uso ese dicho ya que me recuerda a mi papa que murio hace tres años. Era Flores, eran como 4 hermanos que vivian en la colonia America, hijos del coronel Flores. Pense que utsed los conocia.
        Gracias.

        • Ricardo Alfredo Guillén Herrera said

          Hola Miguel.

          Siento lo de su padre. Pero no, yo no he conocido a su padre o por lo menos no lo recuerdo. Pero es que esas formas de decir son y han sido muy populares en El Salvador. No me extraña que su padre se expresara asi. Sea como sea somos su padre y yo de la misma generación y por supuesto hablabamos los mismos dichos.

          Saludos.

          /Chicayo.

  2. Carlos said

    Jajajaja… Me eché tooooda la historia (muy buena por cierto) gracias a que quise buscar en Google el dicho de ”Vergueta dijo el padre Argueta”, que decía mi bisabuela (Q.E.P.D.).

    Me llama la atención la visión tan realista que tiene el autor sobre El Salvador. Me hizo recordar al libro de Castellanos Moya, ”El Asco”.

    Sería fabuloso poder leer cómo es la vida de un salvadoreño en Suecia, y qué se siente poder despegarse emocionalmente de este país que tiene poco que ofrecer.

    Un cordial saludo.

    • Gracias Carlos por sus comentarios. Si pues, es bien triste que nosotros los slvadoreños tengamos que entender que El Salvador no ofrece lo mínimo en practicamente ningún aspecto. Yo pienso que es el catolicismo lo que convierte a esos países en verdaderos burdeles. Yo siempre digo que El Salvador es un burdel católico. El catolicismo se puede describir en cuatro verbos: Culiar, parasitar, robar y matar. Culiar y parasitar es para los salvadoreños la única posibilidad para gozar de la vida. El robar mide la inteligencia. Matar es el único medio para resover todos los problemas.

      Yo no se si puede existir posibilidades de cambio en un país semejante. Yo espero que sea posible, pero no lo creo.

      La vida en Suecia es diferente. Suecia no es un paraíso pero tampoco un burdel. Aquí tiene uno posibilidades de desarrollarse. Para mi fue como llegar a una mina de oro cuando yo vine aquí. Era impensable para mi entender que a uno le pagan para que estudie. Y yo, por supuesto no me hice el rogado. Yo me puse a estudiar y aprendí muchas cosas. Fue casi como un pasatiempo para mi y era divertido y agradable. Mucho de mis estudios fue por pura diversión, simplemente me gustaba (y todavía me gusta) aprender. Estudiar no solo era gratis, sino que yo recibía un estipendio ademas.

      Pero no es solamente lo económico lo que es determinante. Son las propias actitudes las que son muy determinantes. De hecho han venido aquí familias enteras de salvadoreños que no aguantaron y luego se fueron igual de idiotas que como vinieron. Esas personas no tuvieron la mínima ocurrencia de aprovechar las posibilidades de este país para prepararse y asi poder regresar a El Salvador com algo de valor en sus maletas. No. Ellos se fueron tan idiotas como cuando llegaron. Es bien triste. Bien triste. Yo insisto: Yo no se si puede existir posibilidades de cambio en un país como El Salvador. Yo espero que sea posible, pero no lo creo. No con semejantes actitudes.

      Ahora yo soy pensionado. La vida sonrie y tengo una linda nieta de 6 años de edad que me da una alegría que no se puede medir, pero que me saca las ya pocas energías que me quedan como viejo loco que yo soy. Al final del día estoy yo mas muerto que vivo del cansancio físico pero con mi corazón rebozando de alegría…

      Gracias de nuevo por sus comentarios…

      /Chicayo.

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